Vaya red por la que navegamos. Especialmente la Internet.
"Eso es una jungla", dice Griffin Dowd, miembro de la Fuerza de
Crímenes Cibernéticos del FBI en Portland, Oregón. Ãl y su compañera,
la agente Jennifer Marsh, pasan sus noches persiguiendo ladrones de
identidad y pedófilos en línea, siguiéndoles el rastro mientras roban
las contraseñas de otras personas y solicitan niñeras en sitios de
conversaciones.
Pero la jungla cibernética por la que han estado navegando y explorando
no se compara con la oscuridad a la que están a punto de entrar.
Jennifer y Griffin han escuchado sobre un nuevo y perturbador sitio
Web, y ven la página que muestra el video de un gato, atrapado en una
pegajosa trampa para ratas, muriéndose de hambre lentamente hasta
morir. Jennifer trata de cerrar el sitio, pero continúa abriéndose por
sí solo.
No importa, le dice el jefe de Jennifer. Es solo un gato. Tienes peces
más grandes que freír. Pero el sitio se vuelve exponencialmente más
perturbador cuando, una semana después, muestra otra víctima âesta vez,
es un hombre con el dominio del sitio esculpido en su pecho. Parece que
el torturador del hombre coloca anticoagulantes en su cuerpo, lo que
hace que la herida sangre incesantemente. Entre más personas visitan el
sitio, más anticoagulantes recibe el tipo. En otras palabras, entre más
curiosos ingresen, más rápido se desangrará el hombre, hasta morir.
Y más personas están viendo. El sitio se ha propagado como un virus.
"No los llames fanáticos", dice Jennifer sobre las personas que están viendo el sitio, "Son cómplices".
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